Un recorrido gastronómico, relajante y cultural.

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Datos importantes
Presupuesto:
Medio ($101 - $250).
Tiempo recomendado:
2 días.

Un recorrido gastronómico, relajante y cultural.

Iniciamos el recorrido desde la capital, específicamente desde la Primax de la Av. Eloy Alfaro, tardando cerca de 4 horas hasta nuestro primer destino: el Sinchi Warmi Amazon Lodge, un hospedaje gestionado, de manera primordial, por mujeres indígenas, cuyo nombre –Sinchi Warmi– significa mujeres valientes o fuertes. 

Ubicado en Puerto Misahuallí –provincia de Napo–, este centro de turismo comunitario se enfoca en la conservación de su cultura y el medioambiente. También se especializa en la Chocolaterapia; ya les contaremos de qué se trata eso… primero les hablaremos sobre su comida tradicional.

Al llegar, nos recibieron con un delicioso jugo de flor de jamaica (perfecto para contrarrestar el calor), seguido por una bandeja de yucas tostadas con ají y tomate. Como entrada nos ofrecieron un ceviche amazónico, el cual consistía en pollo, palmito y la fruta pitón –auténtica de la zona–.

Creíamos que estábamos probando la comida más exquisita del menú… pero faltaba el plato fuerte. Sobre nuestra mesa, frente a cada uno, colocaron un filete de cachama al horno (se trata de un pez similar a la piraña) con vegetales y tortillas de yuca, acompañado con salsa de espárragos y vinagreta. Nuestro paladar no podía estar más contento, y para cerrar con broche de oro, el almuerzo incluía un flan de chocolate orgánico como postre.

Salimos del comedor y nos dirigimos hacia un área externa del hospedaje, donde nos esperaba una clase demostrativa y participativa sobre la preparación del chocolate; por supuesto, con degustación de por medio. Una de las mujeres encargadas del lugar partió un cacao en dos con un cuchillo grande y nos dio de probar la pulpa de las semillas.

Luego, en un horno artesanal, encendió unos pedazos de madera y tostó varias semillas –ya puestas al sol y fermentadas– dentro de una vasija de barro, removiéndolas de forma constante con un cucharón de madera, aunque a ratos lo hacía directamente con sus manos, hundiéndolas con tal destreza que no se quemaba ni un milímetro.

El siguiente paso fue remover las cáscaras con nuestras manos y colocar las semillas peladas en una bandeja. Al inicio se nos hizo complicado porque se encontraban calientes, después perfeccionamos la técnica y hasta nos comimos algunas semillas, ya que en esta etapa del proceso se transforman en los famosos nibs de cacao (muy nutritivos para nuestro cuerpo).

Pasamos al molino manual, donde colocamos las semillas peladas y le dimos bastantes vueltas a la palanca, un pequeño ejercicio físico que tendría como recompensa probar un chocolate 100 % natural. La pasta de cacao que obtuvimos en el molino, la agregaron en la vasija de barro y encima le pusieron leche, canela en polvo y esencia de vainilla.

Mientras mezclaban todos los ingredientes, moríamos de ganas por darle una probadita. Al instante trajeron las frutas (piña, frutilla) y, cuando las bañaron con el chocolate caliente, nuestro paladar volvió a deleitarse, sobre todo porque somos amantes del sabor amargo del cacao. Luego le añadieron azúcar para las demás personas que querían sentir un sabor más dulce.

En la misma área había una camilla de masajes y Andrea fue la elegida para aplicarse el tratamiento de chocolaterapia. Primero la acostaron, le limpiaron el rostro con agua de anís y, con una brocha le pusieron la pasta de cacao, incluyendo los labios, por lo que fue inevitable que se comiera un poco de la base. Para recibir todos sus beneficios, el cacao debía reposar en su piel por 40 minutos; así que, con la cara pintada de chocolate, nos dirigimos a nuestro siguiente destino.

Dato Importante: antes de visitar el Sinchi Warmi Amazon Lodge, les sugerimos escribirles y reservar con anticipación (tanto para el alojamiento y la elaboración del cacao, como la chocolaterapia). El restaurante atiende de miércoles a domingo, de 10:00 a 15:00, y de 18:00 a 20:30. Los precios pueden variar según la cantidad de personas y el menú.

Misahuallí

Nos colocamos el chaleco salvavidas y, en una especie de puerto improvisado cerca del lodge, nos embarcamos en una lancha para cruzar hacia Misahuallí. También es posible llegar en vehículo: sólo deben dirigirse por la carretera hasta el puente, pasar por Puerto Napo y, en menos de 40 minutos, ya habrán llegado al parque principal del pueblo, donde podrán observar a los monos saltar libremente por los árboles y cables eléctricos.

Aunque son amigables, deben mantener una distancia prudente al fotografiarlos y cuidar sus pertenencias, sobre todo si cargan snacks o dulces en sus manos, ya que ellos harán todo lo posible por arrebatárselos; son juguetones y forman parte del atractivo turístico de Misahuallí.

Antes de desembarcar en la playita, hicimos un pequeño recorrido por el Río Napo: nada extremo, el agua se encontraba muy tranquila. Podíamos ver a la gente disfrutar y bañarse a la orilla del río o lanzarse desde las rocas. Observamos también la vegetación y una que otra ave pequeña. 

Les recomendamos realizar este paseo temprano por la mañana, o cerca del atardecer, así evitarán el calor sofocante del mediodía. El precio está alrededor de los $15.00, aunque puede variar según el número de pasajeros.

Durante la navegación, también visitamos el Museo Kamak Maki, al cual se llega en lancha. El precio de la entrada es de $10.00 (si son entre 1 y 4 personas) y $2.00 si son de 5 personas en adelante –para extranjeros, se aumenta dos dólares a la tarifa–. Empezamos el sendero junto a un guía de la comunidad, quien nos explicó acerca del uso medicinal de varias plantas autóctonas de la Amazonía, incluyendo la Ayahuasca.

Cada uno de los enormes árboles que nos rodeaban en esta zona, cumplían una función fundamental para sanar ciertas enfermedades. Mientras caminábamos se escuchaban los sonidos de la selva: aves e insectos que no lográbamos ver. El primero que apareció fue un mono pequeño –llamado Isaac– que fue rescatado y ahora forma parte de la familia encargada de manejar el museo.

Nos dicen que es “confianzudo”, y en seguida se trepa en nuestros hombros, justo al momento de ingresar a una sala destinada a la parte Etnocultural y de Tecnología Ancestral: allí el guía nos mostró unas piedras que parecen pulidas a la perfección por el humano, con formas de corazón, botas, cerebro y hasta nalgas; pero en realidad han sido creadas por la naturaleza, y para ellos representan energía –las sienten cargadas de energía pura–.

También vimos la vestimenta, armas y trampas que utilizaban los antiguos habitantes de la comunidad, así como vasijas tradicionales –originales de la época–. Al salir, nos permitieron realizar un lanzamiento con la cerbatana, consistía en sostenerla con ambas manos, apuntar a un tablero en el árbol y soplar con fuerza desde un extremo para expulsar el dardo; aunque no le dimos al blanco, podemos decir que nuestra puntería no era mala.

En otro cuarto del museo, nos mostraron las hojas –en fundas–, artesanías (de todos los tamaños, formas y precios que se puedan imaginar) y las infusiones que tenían a la venta en botellas plásticas, con etiquetas que decían: para bajar de peso, para la diabetes, macerado para la tos y gripe. 

Continuando por el sendero, nuestro guía nos llevó a conocer a dos animales medianos que mantenían en el museo –dándoles todos los cuidados necesarios–. Se trataba de un sajino y una guanta que salieron a nuestro encuentro al acercarnos a las rejas porque pensaban que íbamos a alimentarlos; era preferible no tocarlos.

El siguiente punto fue una pequeña explanada techada, donde una de las chicas de la comunidad nos mostró, de manera rápida, el proceso de elaboración de su chocolate (sí, volvimos a probar cacao y no podíamos estar más contentos por aquella coincidencia). El proceso fue similar al que habíamos visto antes: encendió unas tablas de madera en un horno de piedra, a diferencia de que, en una sartén, echó jugo de guayusa para mezclarlo con el cacao.

El travieso Isaac agarró el mango de la sartén y estuvo a punto de botarla, le dieron un guineo para que se tranquilizara. Nosotros también comimos guineos, pero bañados con el chocolate derretido, disfrutando del sabor excepcional que le daba la guayusa.

Antes de despedirnos de la gente de la comunidad, pasamos frente a un pozo con tortugas y, a escasos pasos más adelante, observamos unas aves exóticas (un tucán y guacamayo) que se encontraban dentro de unas rejas amplias para que pudieran volar; nos dijeron que, luego de cuidarlas, era poco probable que sobrevivieran si llegasen a soltarlas.

De vuelta en la playita de Misahuallí, vimos una carreta de comida sobre la arena donde vendían los famosos chontacuros, unos gusanos gruesos de color amarillo, autóctonos de la Amazonía. Dicen que son nutritivos y buenos para aliviar la tos y el asma, forman parte de su medicina natural. 

En un recipiente los mantenían vivos. Para asarlos, la cocinera los atravesaba con un pincho, los embadurnaba con una brocha pequeña y les daba vueltas en la parrilla. Reposaban junto a los maduros asados. Una vez que dejaban de moverse, estaban listos para servirse. El pincho con tres chontacuros valía $2.00. Confesamos que no estaban exquisitos, pero tampoco desagradables. Es un alimento que, si visitan Misahuallí, sí o sí deben probar.

Luego del aperitivo, nos encaminamos hacia El Bijao Restaurant (ubicado frente al parque principal) para terminar de almorzar. Allí también vendían chontacuros, pero optamos por un maito; un plato tradicional de la Amazonía ecuatoriana que consiste en un pescado –trucha– envuelto en una hoja de bijao. La porción era grande, la sirvieron con yuca y una ensalada. Fue una total exquisitez validada en $5.00. Para enfrentar el calor de la tarde, nos dieron una jarra de guayusa.

Luego de recorrer a pie las calles del pueblo y observar a los monos en el parque, nos dirigimos hacia el hospedaje donde pasaríamos la noche. Al encontrarnos agotados, buscamos un sitio tranquilo, inmerso en la naturaleza donde pudiéramos descansar sin ninguna molestia, por lo que el Selina fue una excelente opción. 

Teníamos una habitación privada con balcón, en realidad era una cabaña cómoda, con baño, wifi, ventilador, rodeada de árboles y sonidos de la selva (lo mejor fue que no entró ningún insecto durante la noche). El valor por pareja rondaba los $50.00. 

Al caer la noche, aprovechamos para hacer una visita rápida al malecón de la ciudad de Tena y buscar un sitio dónde cenar, vimos varias opciones, pero el menú del restaurante Vilino Albero nos llamó la atención. 

Los platos fuertes lucían rebosantes y con buen sabor, como la pechuga de pollo al grill por $8.25. Antes de regresar al Selina (era un trayecto de 20 minutos, donde un taxi puede cobrar $8.00), pasamos por unos helados –del lado de enfrente–, ya que el sector se prestaba para caminar con tranquilidad. 

A la mañana siguiente tuvimos más tiempo para apreciar las instalaciones del hospedaje, comenzando por salir a nuestro balcón y ver el amanecer. Mientras nos encaminábamos hacia el restaurante para desayunar –incluido en la tarifa–, nos desviamos hacia un sendero corto que bajaba a la orilla del río. Pisamos con cuidado sobre las piedras y nos sentamos a escuchar el relajante sonido del agua.

Después pasamos por la cocina compartida del hostal y subimos a la biblioteca donde, nuevamente, disfrutamos de una gran vista hacia el río. Antes de las 08:00 am ya nos encontrábamos en la mesa del comedor tomando una taza de café (suponemos que artesanal por el grato aroma que tenía) mientras nos servían el desayuno. Habían varias opciones que lucían deliciosas, en todas predominaban los huevos y aguacates.

En la recepción del Selina es posible contratar los tours de aventura, como rafting, aunque no encontramos disponibilidad (importante reservar con anticipación). De todas maneras, habíamos quedado exhaustos con las actividades del día anterior.

No tuvimos más alternativa que despedirnos de la Amazonía sin visitar las Cascadas de Latas y el Mirador El Ceibo; ambas ubicadas cerca del hospedaje, pero nos marchamos con la satisfacción de haber vivido una espléndida experiencia, tanto gastronómica como turística; sin duda regresaremos para completar lo que nos quedó pendiente, y es que la región amazónica siempre nos complace con nuevas sensaciones.

Datos importantes
Presupuesto:
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Experiencia relatada por:
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