Quilotoa, un recorrido alrededor de su laguna

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Quilotoa, un recorrido alrededor de su laguna

Salimos temprano por la mañana con los abrigos y los gorros puestos, preparados para caminar durante cincos horas, aproximadamente, alrededor del cráter de un volcán extinto llamado Quilotoa, cuya última erupción sucedió hace 800 años, lo que dejó como resultado, dentro de su caldera, una laguna que cambia del turquesa al verde o al azul según la luz del sol y los minerales presentes en el agua. Considerada como una de las 15 lagunas –de origen volcánico– más espectaculares del mundo.

Desde el momento en que uno llega al Quilotoa, es posible percatarse de la inmensidad de la laguna –de casi 3 km de diámetro y 250 metros de profundidad– con sólo asomarse en el mirador principal, junto a la calle que atraviesa el pueblo. Es una vista panorámica capaz de grabarse para siempre en la memoria.

De todas formas, queríamos asegurarnos de no perder ningún recuerdo y empacamos nuestras cámaras en la mochila. Iniciamos el recorrido alrededor del cráter –con una distancia de 11 km– a las 09:30 Am, decidimos tomar el lado izquierdo (al ser un sendero circular, se puede empezar por cualquiera de los dos lados). Creemos que fue la mejor opción con respecto a los ascensos y descensos del camino.

El sendero está catalogado como nivel medio, aunque para aquellos que no acostumbran a realizar caminatas o ejercicios constantemente, podrían encontrarlo dificultoso, pero el paisaje que se obtiene mientras se avanza, compensa el esfuerzo.

Junto al camino marcado existen varios desvíos que conducen a pequeños miradores improvisados, indudablemente nos detuvimos en la mayoría, sin embargo, había gente que atravesaba el sendero sin parar a contemplar el paisaje.

Avanzamos a ritmo lento, sin mayores complicaciones a excepción de sujetarnos fuerte y acuclillarnos para no resbalar en un descenso antes de la primera caseta de descanso, en la cual vendían bebidas y había una banca para recuperar fuerzas mientras se contemplaba la laguna.

A partir de este punto, comenzamos a acelerar el paso debido a que, normalmente, llegar hasta aquí tomaba alrededor de una hora y media; nosotros nos hicimos tres. Era más de medio día y aún quedaba mucho por recorrer. Sin preocuparnos demasiado, continuamos por el camino de tierra y arena.

Nos deteníamos para descansar, comer algún snack, beber agua y admirar el paisaje. A pesar de que la laguna era siempre la misma, verla desde distintas perspectivas le otorgaba un encanto especial, sobre todo por el ligero cambio en la tonalidad de sus colores.

Durante el trayecto vimos personas que venían del sentido contrario, decían cuánto tiempo nos faltaba y, a la vez, nos advertían de las pendientes que aguardaban por nosotros más adelante. Aunque descubrimos algunos atajos que esquivaban dichas cuestas.

Puede que en ciertos tramos no se perciban con total claridad los letreros o marcas –flechas rojas en las rocas– que señalan el camino, sin embargo, resulta casi imposible perderse. El secreto está en bordear la laguna (en nuestro caso debía estar del lado derecho). Seguir las huellas de zapatos –en el suelo– de quienes pasaron antes, también ayuda.

Por lo que no sentimos temor al tomar dichos atajos –en total fueron dos–, incluso obtuvimos paisajes diferentes, llenos de flores y montañas. Vimos personas labrando la tierra junto a sus pequeñas casas de madera, algunas vacas y, en un momento, un letrero a lo lejos que reposaba en la parte alta de la montaña.

No había manera de esquivar ese tramo. Subimos la cuesta y alcanzamos el punto más alto del Quilotoa –3.930 msnm–. El letrero (ahora lo teníamos enfrente) nos confirmaba que estábamos en el Monte Juyende, apreciando el inmenso panorama desde el mirador Las Golondrinas.

De pie sobre el pico más alto del cráter, pudimos darnos cuenta de todo el trayecto recorrido. Todavía nos quedaban varios kilómetros por delante. Seguimos sin desacelerar el paso, pero más adelante tuvimos que ir lento, bajar por las pendientes (en medio de pequeñas piedras y rocas) nos resultó más complicado que subirlas.

Luego de pasar por una segunda caseta donde sólo encontramos una banquina al borde del barranco, llegamos (agotados por las horas transcurridas) al mirador más grande y reconocido del lugar: el Shalalá.

Construido en el 2013, se trata de una estructura de madera donde es posible sobrepasar el margen del acantilado –de forma segura– y conseguir una vista de 180 grados hacia el cráter sin ninguna obstrucción. Varios vidrios templados marcan el límite hasta donde uno puede acercarse. Pararse en aquel borde abierto puede generar una leve sensación de vértigo.

​Por delante nos esperaba una pendiente poco pronunciada hasta el pueblo de Quilotoa. El último tramo, después de casi seis horas caminando alrededor del cráter, disponía de una hora y media. Muy agotados y hambrientos, nos despedimos de la laguna desde dos miradores más.

En el primero –llamado El Torre–, cercado por unas cañas, encontramos un espantapájaro que se prestaba para acompañar las selfies de los turistas. En el segundo, más sencillo y a pocos metros del poblado, unas piedras hacían de baranda en el borde del suelo, desde donde tomamos las últimas fotos de un paisaje que difícilmente llegaremos a olvidar.

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