Las tanusas, exclusividad y consciencia.

Andrea García

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Datos importantes
Presupuesto:
más de $250
Tiempo recomendado:
2 días

Las tanusas, exclusividad y consciencia.

Es la mañana de mi cumpleaños: me despierto a punta de besitos de mi hija. Acto seguido, mi esposo me muestra un tierno videito en el que al final mi hija dice ¨¡Mamiiii empaca tus maletas, nos vamos a Las Tanusasss!¨. ¿Y yo? derretida. Quizás por eso es que le tengo un cariño especial a ese lugar… no hay nada como invertir en crear recuerdos hermosos.

Empacamos y salimos directo a Puerto Cayo con mucha emoción. La ruta en carro es de aproximadamente dos horas y media, vía Pedro Carbo. Me fascinaron los paisajes del camino y los matices de la naturaleza —sobre todo cuando ya empiezas a ondular los bosques secos cerca de la costa.

Yo estaba loca por conocer Las Tanusas desde hace algún tiempo, por varios motivos. Primero, por el obvio atractivo del entorno natural y sus instalaciones con ambiente boho chic playero. Segundo —y no menos importante— porque en Las Tanusas está ubicado el restaurante Boca Valdivia del celebrado chef Rodrigo Pacheco, que también concursó en The Final Table (Netflix). La gastronomía siempre ha sido una de mis grandes pasiones (no sólo parte de mi profesión) así que probar sus creaciones me generaba muchísima curiosidad. La filosofía detrás de Boca Valdivia es fascinante también  —inspirados por la cultura prehispánica local, recogen más de 200 ingredientes de su cocina a mano (del mar y de su propia huerta, a diario).



Al llegar a las Tanusas, nos recibieron cálidamente en la recepción y nos guiaron a la sala de estar con vista a la piscina y al mar. Ahí esperamos a ser registrados con un coctel de bienvenida en mano. El color rosa del coctel contrastaba hermosamente con el paisaje y el sorbete de tallo de hierbaluisa confirmaba la conciencia ambiental, además sumarle belleza orgánica. Nos cruzamos con el chef Rodrigo y conversamos un ratito. Ya nos habíamos conocido antes virtualmente, fue muy agradable conocerlo en persona y charlar un poco de su aventura con Boca Valdivia. Poco después, fuimos guiados hacia la villa privada que mi esposo había reservado para nosotros.

Tan pronto entramos, pude predecir cuánto relax me esperaba —había una pequeña piscina privada rodeada de un deck de madera y un par de tumbonas apuntando a una vista panorámica del cielo y el mar. También había una pequeña mesa exterior, y unas hamacas coloridas esperando ser usadas. Dentro de la villa, el aire acondicionado estaba en la temperatura perfecta para contrastar el bochorno tropical. Todo en tonos orgánicos, blancos y fibras naturales. Habían libros inspiradores en las repisas, y adornos interesantes.

También una sala cómoda, llena de luz natural y ventanales para disfrutar del exterior desde dentro. Incluía, además, una pequeña kitchenette con lo esencial. La habitación también brillaba con luz natural y decoración minimalista pero elegante. Contaba con la facilidad de cortinas black out eléctricas para que la intensidad del sol no interrumpa el sueño por las mañanas  —y nada como una cama king size para el descanso, y en nuestro caso, para el colecho. En la ducha encontramos productos de baño orgánicos, fair-trade y eco-amigables. Había televisor y wifi, pero este lugar te invita a desconectar.


En pocos minutos, ya estábamos metidos en la piscina: el clima estaba increíble y casi se nos pasa la hora del almuerzo. Decidimos comer en la mesa exterior de la villa y pedimos el menú completo de degustación que ofrecía Boca Valdivia. Comer en la villa no le restó en lo absoluto a la experiencia, al contrario, nada como comer en la comodidad total de una bata… creo que te permite llevar la experiencia a otro nivel. También, al tener una hija pequeña, podíamos sentirnos cómodos con no interrumpir la experiencia de otros. El menú de 6 tiempos de Boca Valdivia no decepcionó.

Empezamos con un ceviche de la pesca del día servido en totuma de sandía, seguido por una ensaladita de churo con maní hervido y salsa de maní, servido en una hermosa concha Spondylus. Después vinieron los percebes sobre lo que parecía ser una tortillita de papa rodeada de una salsa color naranja vibrante en un plato negro de piedra volcánica. Luego, trocitos de morcilla de sangre con mote crocante, espinacas y bolitas de verde con sabor a corviche.

Acto seguido, chuzos anguila al carbón (el carbón aún humeando) con espuma de algo que no pude identificar, pero que estaba delicioso. Finalmente, de postre una tarta de queso y berenjena con helado de papaya (que posiblemente sea uno de mis postres favoritos en  todo el mundo). Comimos el postre con los pies en la piscina, viendo cómo los colores del cielo empezaban a cambiar de celeste a naranja, fucsia y eventualmente cubriendo todos los tonos del arcoíris en su progreso. Parecía una postal, con las sombras de la vegetación y las palmeras. El sonido del mar como el soundtrack perfecto… la naturaleza no se equivoca. El planeta me regaló un atardecer de esos que te llenan de agradecimiento y conexión con la divinidad. Observamos con fascinación y nos abrazamos a ver el sol caer.


Después de un baño caliente, leímos todos juntos en la sala. Mi hija había gastado tanta energía en la piscina que sabía que se dormiría temprano y profundamente esa noche. Así fue. Mi esposo y yo pedimos el menú de la cena, también para comer en la villa. Estuvo igual de delicioso y optamos por repetir el postre. Esta vez nos sentamos en el mesón de la kitchenette y brindamos por un cumpleaños tan fantástico y un día tan disfrutado.


Por la mañana, nos levantamos con muchas ganas de disfrutar el día. Desayunamos nuevamente en la mesa exterior aprovechando para leer un poco: yo me había enganchado con uno de los libros que me encontré ahí. Sirvieron jugo, frutas, huevos al gusto, mermelada de la casa, mantequilla, panes recién hechos. Nuestra hija aprovechó al máximo las hamacas y la piscina. Al bajar un poco el sol fuimos a pie a la playa. Caminamos y jugamos en la arena hasta que se acercaba la hora de partir.


Seguíamos satisfechos por el desayuno así que optamos por comer después en la ruta. De regreso decidimos tomar la ruta larga (3 horas+), así que en lugar de regresar por Pedro Carbo, nos dirigimos hacia Ayampe para regresar a Guayaquil por la Ruta del Sol. En Ayampe hicimos una parada en Jimny´s para comer ceviche, pescado frito con patacones y jugo de sandía bien frío, con los pies en la arena, frente al mar. Es un restaurantito sencillo pero que siempre complace. Avanzando por la Ruta del Sol, hicimos otra parada en La Entrada para detenernos rápidamente en los frecuentados Dulces de Benito y llevar un postre para el camino. Paramos más por golosos que por tener hambre, pero eso también es casi tradición. Luego seguimos nuestro camino hasta Guayaquil (donde hay muchas posibles paradas, pero ya se nos estaba haciendo un poco tarde).


Mi experiencia en Las Tanusas definitivamente fue memorable y siempre la recordaré con la nostalgia que viene de haber disfrutado profundamente. Quizás hubo imperfecciones en nuestra estadía, pero no es lo que se quedó grabado en mi recuerdo.

Datos importantes
Presupuesto:
más de $250
Tiempo recomendado:
2 días
Experiencia relatada por:
Andrea García

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