Entre cascadas, cavernas y sitios ancestrales en la Amazonía.

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Datos importantes
Presupuesto:
Medio ($101 - $250)
Tiempo recomendado:
2 días

Entre cascadas, cavernas y sitios ancestrales en la Amazonía.

A esta zona pueden llegar en vehículo particular –o en bus– desde Quito o Guayaquil. En esta ocasión, lo hicimos desde la capital. Tardamos alrededor de 3h30m, tomando como punto de partida la gasolinera Primax de la Av. Eloy Alfaro. Como siempre, les recomendamos salir lo más temprano posible para aprovechar la mayor parte del día.

El clima cambió al poco tiempo: le dimos la bienvenida al calor y la humedad. Una vez allí, nos preparamos para una caminata en medio de la selva. Es importantísimo protegerse con repelente. ¿La buena noticia? Contamos con doble protección, ya que, al bajarnos del vehículo, nos recibieron con un vaso de guayusa (bebida tradicional amazónica con múltiples beneficios). Así evitaríamos ser picados por cualquier insecto durante el sendero –incluyendo mordeduras de culebra, nos aseguraba el guía–.

Nos encontrábamos en el Geositio Churo, un geoparque amazónico (perteneciente al Geoparque Napo Sumaco) ubicado en Cotundo, provincia de Napo. Ángel –nuestro guía y habitante de la localidad– nos explicó acerca de las bondades de la guayusa mientras alzábamos los vasos y brindamos entre todos, pronunciando la palabra: “Upingaua”. 

Luego, Ángel nos habló del Kushnirina, una especie de choza pequeña ubicada junto al área social –Churo Wasi– donde nos hallábamos. Nos dirigimos hacia allá, y notamos que había una fogata apagada adentro. El humo cubría todo el interior y, uno por uno, fuimos ingresando; dábamos una vuelta con el cuerpo agachado y volvíamos a salir. Era parte del ritual.

El Geositio Churo también es un centro de sanación, y entrar unos segundos en el Kushnirina nos ayuda a evitar el mal aire y salir protegidos de manera natural; es decir, sanar y despojarnos de las malas energías que podríamos cargar encima. Los ojos arden un poco y el olor a humo se impregna en la ropa, pero lo valioso es que uno se siente más ligero al final.

Luego de realizarnos esta limpieza, nos introdujimos en la selva para empezar el sendero por los Laberintos Mágicos. Por motivos de tiempo, decidimos hacer la ruta corta de 45 minutos. Existen otras caminatas más largas que pueden tardar hasta 2 horas.

Al avanzar unos kilómetros, nos topamos con la puerta de ingreso al Churo. Nuestro guía nos mostró cómo pedirle permiso a la madre naturaleza para entrar. Pasamos al frente uno por uno, nos colocamos de pie viendo hacia la cueva, levantamos y abrimos los brazos mientras decíamos: “pasaichíuai, pasaichíuai”.

Continuamos caminando hasta que llegó el momento de entrar en los laberintos. Descendimos con mucha precaución por unas escaleras de piedra un tanto resbaladizas (no se preocupen, hay pasamanos). Inmediatamente, el paisaje se torna surrealista: nos vemos rodeados por enormes paredes rocosas con texturas llamativas y cierta vegetación.

El sitio donde nos encontramos parados, estuvo sumergido bajo el agua (lo que se conoce como el mar de Pebas) hace millones de años. Es por eso, que se pueden observar diminutos fósiles en las paredes. Este rincón era considerado de suma importancia espiritual para los pobladores originarios de la zona; de hecho, lo sigue siendo. En su cosmovisión, lo aprecian como un espacio lleno de energía.

Nos sentamos en unas piedras que armaron en el suelo con forma de bancas, Ángel pasó al frente para hacer una demostración del sonido que genera al soplar dentro de una concha grande. Después, se paró otra de las guías para explicarnos los beneficios que aporta el tabaco al colocarse en los ojos y la nariz.

Es una medicina natural que utilizan en la Amazonía para curar distintas enfermedades, entre ellas, la congestión nasal. Nos enseñaron cómo envuelven el tabaco en una hoja, y solicitan a un integrante del grupo participar. Al primer voluntario lo sientan cómodamente para que se relaje. Uno de los guías le sostiene la cabeza mientras la echa para atrás, y otro le coloca unas gotas de tabaco en cada ojo, y luego en la nariz.

Sugieren abrir los ojos inmediatamente y no desesperarse. Algunos tosieron, escupieron, se marearon, sintieron ardor en los ojos, lanzaron insultos al aire, pero todos coincidieron en que terminaron renovados y con la nariz descongestionada. 

Este ritual también ayuda a liberarnos de todas las malas energías que cargamos encima. Aunque se veía sanador, nosotros no nos atrevimos a formar parte de esta tradición, lo dejamos para una próxima ocasión (así tenemos una excusa para volver).

Continuamos avanzando por un estrecho camino, donde las paredes rocosas se unían y debíamos ayudarnos con las manos para atravesar una brecha donde cabía un cuerpo a la vez; pisando y agarrándonos estratégicamente para trepar. Al cruzar al otro lado, seguíamos alucinando con el panorama selvático y rocoso.

Aparecieron más senderos, pero no disponíamos del tiempo suficiente para recorrerlos (nos esperaba otro destino). Este paso nos ayudó a acortar el camino. Salimos rápidamente hacia la puerta de ingreso al Churo; allí mismo, para despedirnos de la madre naturaleza, hicimos –uno por uno– el mismo ritual, pero esta vez pronunciando la palabra “Pagrachu”, que significa gracias.

Los precios para el recorrido en los laberintos van desde los $5.00 por persona. Si deciden tomar el camino más largo, donde se incluyen cascadas, puede ascender hasta $10.00. Recuerden que para conocer este centro ceremonial y cultural, deben reservar previamente su visita (este es el número +593 95 880 9639). En el sitio también podrán adquirir artesanías que ellos mismos elaboran: cada una posee distintos simbolismos.

Volvimos al vehículo y nos dirigimos hacia otro lugar mítico de la provincia de Napo, al cual llegamos en menos de 15 minutos. Se trata de las Cavernas de Jumandy (cuyo nombre original en kichwa es Humanti). Se ubica en Archidona, y tiene dos entradas: una por el complejo turístico, y otra a 100 metros –para adentro– de la carretera. Ingresamos por la segunda, ya que lo ejecuta un proyecto de turismo comunitario.

El valor para ingresar a la caverna es de $20.00 por grupo (entre 1 a 3 personas), y si van de 4 personas en adelante, vale $5,50 cada uno. Alquilar las botas de caucho para caminar adentro, cuesta $1.00. Les sugerimos ponerse medias, de esta forma se sentirán más cómodos. Asimismo, no olvides tu traje de baño, ya que existen partes donde se mojarán por completo. Si desean llevar el celular, también venden bolsas plásticas –tipo Ziploc–.

El lugar cuenta con baños, duchas, vestidores, parqueadero y un espacio para guardar mochilas y zapatos. Una guía nos acompañó y nos entregó, a cada uno, una linterna para colocarnos en la frente. Escuchamos sus indicaciones con atención –avanzar en línea recta, ver siempre dónde pisamos– mientras vamos sintiendo el agua helada de la caverna en nuestras piernas.

Este es un sitio geológico, totalmente natural. Desde que ingresamos, logramos observar algunos de los animales que habitan en la cavidad, como los murciélagos, camarón de agua dulce, grillos y arañas inofensivas. No son venenosas, pero en la oscuridad, cualquier insecto genera temor. 

Lo primero con lo que nos topamos, es una laguna pequeña. Así la llaman. Algunos deciden cruzar nadando –es poco profunda– y otros, agarrados por una cuerda al costado izquierdo. Hay partes donde el camino se vuelve demasiado estrecho y debemos pasar de lado, forma parte de la aventura. 

Nos adentramos en una de las galerías y nuestro guía señalaba las estalagmitas y estalactitas, unas crecen desde el suelo, y otras desde la parte superior de la cueva gracias a los minerales que se filtran con el agua. Vimos formaciones extrañas, algunas se asemejan a una coliflor gigante, y otra parece un pie real. Los guías bromean diciendo que fue un turista que se quedó atrapado por no hacer caso.

Pasamos junto a otra formación que la consideran símbolo de la fertilidad. Vimos una roca colgada que le dicen La Trampa –con el tiempo se solidificó en el techo– y llegamos hasta un callejón sin salida bautizado como el Bosque de Espeleotemas (es el nombre con que se conoce a la unión entre las estalagmitas y estalactitas; un proceso que toma miles de años, por lo que se recomienda no tocarlas).

En este punto, la guía nos sugiere apagar las linternas, sentarnos cómodamente y escuchar su relato sobre Humanti, un líder indígena que luchó contra los españoles y se refugió en el interior de esta cueva. La oscuridad es absoluta: si abres o cierras los ojos, verás la misma tonalidad negra. Permanecimos en total silencio durante escasos segundos, lo único que se oye es el canto de los grillos.

Emprendimos el regreso por el mismo camino, tomando precaución de no golpearnos en la cabeza con las formaciones rocosas. Antes de salir de la caverna, nos topamos con una pequeña cascada y 4 hoyos. El más hondo posee 4 metros de profundidad, y el más pequeño, sólo 40 centímetros. Nos sumergimos en todos –sin las botas– y salimos 100 % renovados.

El recorrido por el interior toma alrededor de una hora, según la cantidad y el ritmo de cada persona. Cerca de la salida, existe otra ramificación –más extensa– en donde habitan los murciélagos vampiros que se alimentan de sangre animal. Dicen que salen a partir de las 06:00 PM. Está prohibido el paso a los turistas: los únicos que ingresan son científicos para realizar estudios.

Una vez fuera, descendimos por unas escalinatas hasta llegar a una cabaña donde venden artesanías y productos locales. Allí nos esperaban con una bebida de guayusa, incluida en el valor de la entrada. Una vez más probamos la bebida ancestral que nos proporciona energía de manera natural. La tomamos en un envase tradicional fabricado con la cáscara de la fruta pilche, la cual se le otorga múltiples usos.

Nos cambiamos de ropa (no olviden llevar otra muda) y, antes de despedirnos de la gente de la comunidad, compramos varios productos orgánicos, entre ellos: café molido, chocolates, mermelada y almendras sacha inchi. Para culminar el día, nos dirigimos hacia nuestro hospedaje: Huasquila Amazon Lodge, ubicado en Cotundo, cerca de los sitios que visitamos.

Primero dejamos las mochilas en nuestra habitación, que en realidad era una cabaña matrimonial rodeada de pura naturaleza con hamacas afuera. Inmediatamente nos sentamos en el comedor del hospedaje para degustar una exquisita cena. Después de tanta caminata y aventura, necesitábamos recuperar fuerzas, por lo que nos ofrecieron locro de papa, trucha con ensalada y patacones como plato fuerte. De postre, un brownie que anhelábamos repetir.

Luego de ducharnos, caímos rendidos en la cómoda cama. El ambiente se sentía fresco –fuimos a finales de agosto– y no nos encontramos con ningún bicho en la habitación, ni en el baño privado. La noche vale alrededor de $100.00 por la cabaña de dos personas, incluye cena y desayuno.

A la mañana siguiente nos levantamos 7:30 AM. Nos esperaba una nueva aventura en otro rincón de la Amazonía, pero antes teníamos que desayunar. Caminamos hasta el comedor del hospedaje, atravesando los árboles y acompañados por el sonido de distintos animales. Nos servimos el desayuno buffet que consistía en frutas, yogurt o leche, granola, huevos y bolón de verde.

Antes de marcharnos, nos asomamos al estanque que se halla frente al comedor. Desde ahí, planificamos la ruta hacia nuestro siguiente destino: la Cascada Mágica. Está ubicada en la Comunidad San Carlos, cerca de la ciudad de El Chaco, al borde de la provincia de Napo; nos separaban 135 km, casi dos horas y media de viaje.

Al llegar, notamos un letrero de madera, junto a la carretera, que decía Cascadas Mágicas (aunque solo había una). Nuestro guía nos contó que antiguamente, este lugar era un centro de encuentro cultural – espiritual. Aquí se reunían indígenas de la Sierra y Amazonía.

El río y unos cerros verdes nos dan la bienvenida. Existe un baño seco –no utiliza agua entubada–, desde allí debemos caminar 8 minutos hasta la cascada, atravesando un sendero marcado en medio del bosque. Les aconsejamos llevar abrigo para lluvia y buenos zapatos, ya que pisarán un poco de lodo y la fuerza del agua los empapará.

El sendero es sencillo. Nuestro guía nos sugirió avanzar sin voltearnos a mirar, era parte de un ritual que estábamos a punto de experimentar; ver hacia atrás es ver al pasado, decía. Al llegar a la cascada, nos impactó más de lo que imaginábamos. Permanecimos de pie a una distancia determinada. Primero hicimos unos ejercicios de respiración, luego permitió que nos acercáramos lo que más podamos; obviamente nos colocamos a pocos metros de la orilla.

Fue inevitable mojarse y sentir un ligero frío, pero absorbimos su energía. Con los ojos cerrados, nos hicieron pedir un deseo en silencio. Al abrirlos, debíamos fijar la mirada hacia lo alto de la cascada; para comprender el efecto, tienen que estar allí y verlo con sus propios ojos.

Tuvimos tiempo para tomar fotos y disfrutar del lugar. Antes de irnos, agarramos una piedra pequeña y la elevamos, apuntando hacia la cima de la cascada con la finalidad de que le transmite su energía. La idea era conservar esa piedrita siempre con nosotros, y mientras escribo este texto, la piedra permanece sobre mi escritorio.

¿Quisieran vivir esta experiencia? Recuerden que la entrada a la Cascada Mágica vale $1.00 y abren todos los días, de 07:00 Am a 06:00 Pm. Y si visitan los tres sitios que les nombramos en este recorrido, saldrán totalmente recargados de energía positiva.

Datos importantes
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Medio ($101 - $250)
Tiempo recomendado:
2 días
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