Ayangue, tranquilidad y aventura en sus rincones

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Presupuesto:
Más de $100
Tiempo recomendado:
3 días

Ayangue, tranquilidad y aventura en sus rincones

17 km antes de Montañita, se visualiza un desvío hacia el lado izquierdo de la carretera. Quien lo tome llegará, en pocos minutos, a un sitio pequeño donde la tranquilidad prevalece entre sus calles y sobre su playa, donde vale la pena regresar en más de una ocasión; ese sitio se llama Ayangue.

Para llegar a Ayangue, viajamos desde Guayaquil por la Ruta del Spondylus, tardamos poco más de dos horas. También se puede ir en bus por USD $4,30, dirigiéndose primero hacia Salinas –terminal terrestre de Ballenita– y luego tomando otro por USD $1,30. Los transportes no ingresan al pueblo, pero hay taxis que avanzan hasta el centro por USD $0,50 por persona o pagando una carrera privada –USD $1,50–.

El primer sitio al que llegamos fue a la entrada del Muyuyo Lodge, un hospedaje cómodo, tranquilo (los precios de las habitaciones rondan los USD $65,00 - $70,00) y ubicado frente al mar. De hecho, tenía una puerta que conducía directo a la playa.

Habíamos escuchado que lo más característico de Ayangue, era su pequeña playa –de aproximadamente 2 km de extensión– en forma de herradura, con diminutas olas en la orilla, simulando ser una piscina natural con lanchas ancladas esperando salir de pesca o llevar a los turistas de paseo.

Apenas entramos a la habitación, acomodamos las mochilas en una esquina y bajamos con un nuevo plan armado gracias a nuestros nuevos amigos: los dueños del hotel. Nos recomendaron conocer un lugar poco visitado llamado Las Puntas. Se trataba de una caminata frente a unas playas deshabitadas. Así que salimos con la cámara y las gorras puestas, a pesar de que el día se presentaba nublado.

Con sólo pocos pasos llegamos hasta la garita de los Laboratorios Aqualab, donde tuvimos que dejar nuestras cédulas de identidad con el guardia de seguridad para poder ingresar y caminar hacia Las Puntas, ya que era una zona privada en la cual permitían pasar a los turistas. Nos dirigimos hacia el lado izquierdo y avanzamos. Cabe recalcar que, según nos informó el guardia, los vehículos no tenían habilitado el acceso, se los debía dejar afuera.

Los arbustos aparecieron para acompañarnos por los costados. Tuvimos suerte de que las nubes nos siguieran, porque notamos que no había cómo ocultarse del sol por ninguna parte. Aparte de una chica que caminaba a escasos metros detrás de nosotros, no vimos a nadie más por el lugar. Visualizamos un sendero hacia la izquierda y nos adentramos en él. Lo primero que apareció ante nosotros fue una playa pequeña que, para tocar su orilla, debíamos bajar por unas rocas; no nos atrevimos por la dificultad que eso implicaba.

Continuamos caminando al borde del acantilado (la altura era mínima) hasta llegar a otra playa más grande, en la cual sí pudimos descender pero no meternos a nadar por la fuerte marea. Permanecimos un momento viendo la inmensidad del mar con los pies debajo de la arena. Llevábamos 20 minutos andando desde la entrada del laboratorio hasta acá, y el recorrido aún no terminaba.

A medida que caminábamos por el borde de las rocas, veíamos cuevas donde se formaban una especie de pequeñas playas, no había manera de bajar –era arriesgado– y las olas reventaban con fuerza. Nos contentamos con verlas desde arriba.

Sólo uno de los dos se atrevió a pasar, ya que teniendo precaución, la situación se volvía sencilla. Nos encontrábamos cerca de la Playa La Morilla, avancé varios metros y noté que aún faltaban algunos kilómetros para el final del camino. Como Andrea no tenía deseos de cruzar, decidí regresar.

Más tarde nos enteraríamos de que, si hubiésemos andado 25 minutos más, el sendero nos conducía hasta la zona conocida como Portete Grande y Portete Chico, otras playas destacadas de Ayangue. Aunque en una de ellas se encontraban construyendo una ciudadela privada, nos dijeron que era posible pedir permiso a los guardias de seguridad para poder ingresar.

Antes de las 05:00 PM ya estábamos dejando atrás los acantilados y las playas bravas –y poco visitadas– del pueblo. Teníamos las intenciones de quedarnos hasta el atardecer, pero los mosquitos salieron a cazarnos primero y habíamos olvidado el repelente (a la orilla de la playa aparecían con más exageración). Antes de llegar a Aqualab, vimos otro sendero corto que nos condujo hasta una especie de mirador que apuntaba hacia la playa principal.

De regreso al centro, buscamos un rincón para comer y dimos con el Comedor Tolita, ubicado frente al mar. Pagamos USD $7,00 por un plato de pescado –robalo– apanado; el sabor y tamaño fueron ideales, tanto así que no comimos nada más hasta la mañana siguiente.


Segundo día

Desde nuestro balcón vimos cómo el sol se iba alzando por detrás de las montañas, los pajaritos cantaban armónicamente mientras se hacía de día. A pesar de que nos levantamos temprano para desayunar en el salón del Muyuyo Lodge, bajamos a la playa cerca de las 11:00 AM, por el acceso directo de las escaleras.

Nos encaminamos hacia el costado izquierdo de la playa, donde había menor cantidad de gente (en nuestro caso, sólo tres personas más) y las lanchas no descansaban cerca de la orilla. Estuvimos nadando en la cálida agua por horas, flotando sin temor a que nos revolcara una ola. Nos relajamos totalmente y, aunque no teníamos sombra cuando nos sentábamos sobre la arena, seguíamos disfrutando plenamente porque nos cubríamos con las camisetas y gorras.

Optamos por pasar toda la tarde en la playa. Sin embargo, en Ayangue existen algunas actividades, como tomar un tour hacia el Islote El Pelado para hacer snorkel y conocer el arrecife de coral. Cuesta USD $20,00 por pasajero, aunque si son más de 5 personas, el valor desciende a USD $15,00. El paseo tarda una hora y media en total: entre los 20 minutos de navegación por trayecto y permaneciendo 45 dentro del agua.

Las personas con más dosis de adrenalina, se echan a bucear para contemplar de cerca y fotografiarse junto a una de las mayores atracciones del lugar: El Cristo de las Aguas o el Cristo Sumergido, una escultura que descansa a menos de 10 metros en el fondo del mar. Dicen que, frente a las máscaras de los buzos, aparecen peces y lobos marinos con absoluta claridad. Dependiendo la época del año, se pueden ver otras especies de animales marinos, como mantarrayas y ballenas.

La tranquilidad que manteníamos sobre la arena fue interrumpida por la hora del almuerzo. Salimos a buscar un nuevo lugar para comer, fue así como descubrimos el comedor Mary, ubicado también frente al mar. El plato de pescado costaba USD $5,00, pero era más pequeño.

Para el postre era conveniente probar cualquier rebanada de las tortas de los Dulces de Benito https://goo.gl/maps/uugNcjEtTjN2. Se encontraban dentro de un local comercial bajo el hotel Playa Aventura, nosotros comimos dos y nos fascinaron. Y para quienes prefieren tomar unos coctelitos mientras disfrutan de la playa, habían varias cabañas sobre la arena que preparaban bebidas al instante.

Cuando el reloj marcaba las 05:30 PM, decidimos volver a este extremo –izquierdo– de la playa, con la finalidad de subir por unas escaleras que conducían hacia la montaña. Las habíamos visto por la mañana y queríamos presenciar el atardecer desde lo alto. Pensábamos que pertenecían a una casa, pero cuando llegamos al último escalón, vimos un sendero.

Sin pensarlo dos veces, continuamos la marcha por el estrecho camino que pasaba entre los arbustos y, al otro costado, por unos alambres de púas (con un letrero que declaraba propiedad privada). Por donde pisamos no había ningún aviso que negara el paso, así que seguimos hasta una esquina desde donde se visualizaba la extensión de la playa y el pueblo.

Sabíamos que habíamos encontrado el punto perfecto para esperar la caída de sol: el día no estaba del todo despejado, pero el sólo hecho de estar a esa altura, y con tanta tranquilidad, disfrutando del panorama, ya era un triunfo que nos ponía contentos. Habían pelícanos y otras aves que volaban a poca distancia de nosotros. Esta vez nos pusimos repelente en todo el cuerpo para que los mosquitos no fueran un problema; y así, nos sentamos a esperar.

Si continuábamos caminando, atravesando un terreno privado, llegábamos hasta la pequeña Playita Mía (obviamente no lo hicimos). Había otro camino –por otro lado– que era el correcto. A medida que los minutos corrían, el sol se ocultaba y los colores en el cielo empezaron a cambiar de tonalidad: iban del amarillo al morado. Antes de que la oscuridad empape todo el entorno, decidimos retirarnos del mirador natural, había que tener cuidado con el precipicio a nuestros pies.

Al día siguiente, habíamos pensado ver el amanecer desde este mismo punto, fotografiar la playa y las casas mientras se iluminaban con el sol. Era una idea que nos hacía mucha ilusión, pero las nubes grises se adelantaron y permanecieron arriba todo el tiempo. Esperamos hasta las 06:30 AM pero no se movieron, sólo se volvieron más oscuras.

Regresamos a la habitación, analizando la posibilidad de visitar una playa más, localizada a cinco minutos en vehículo desde el centro de Ayangue (un taxi puede cobrar USD $5 por trayecto), se trataba de Playa Rosada. Para llegar a ella se toma un camino de tierra, según nos dijeron. El sitio es alucinante, pero actualmente, para no pagar ingreso ni parqueo, es necesario consumir en el restaurante que se encuentra en la playa.

Por cuestiones de tiempo no logramos ir, pero regresaremos porque definitivamente, este es uno de los rincones de la Costa ecuatoriana que no basta con visitarlo sólo por un par de horas: se le debe destinar, mínimo, dos días para conocer la mayoría de cosas que hay aquí.

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