Ascenso a las antenas del Cerro Azul - 507

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Ascenso a las antenas del Cerro Azul - 507

Estamos atravesando una fase donde aún no llega a ser del todo normal viajar como solíamos hacerlo antes de marzo de 2020, pero poco a poco vamos visitando más rincones de nuestro país. Y si, a pesar de todas las medidas de bioseguridad que se están implementando en distintos establecimientos y hospedajes, seguimos con temor de salir, podemos optar por descubrir nuevos parajes de nuestra propia ciudad.

Como por ejemplo, ir hacia un sitio donde caminar al aire libre, en medio de la naturaleza y sin personas alrededor –o muy pocas–, es posible. En este caso, se trata del Cerro Azul, situado al norte de Guayaquil. Siempre lo hemos tenido cerca de casa, sin embargo, nunca se había dado la oportunidad de visitarlo, hasta que las ganas se incrementaron cuando nos enteramos de que el sendero iniciaba desde un punto diferente al que mucha gente creía.

Partimos un sábado de agosto, el día recién empezaba, eran las 06:24 Am cuando arrancamos la caminata junto a tres amigas y sus dos perritos que corrían alegremente. Cabe mencionar que todos teníamos mascarilla, pero conforme avanzamos, las apartamos de nuestra cara para respirar con mayor facilidad, manteniendo cada quien una distancia adecuada.

El recorrido lo iniciamos a pie desde la Urbanización Socio Vivienda, allí ascendimos por una loma de tierra ubicada, precisamente, frente al letrero de la Ciudadela Nuevo Ceibos (hay un redondel como referencia). A esa hora de la mañana, nos topamos con cuatro personas que subían la pequeña cuesta trotando. Llegaban a la parte alta y volvían a bajar, dejando el resto del camino para nosotros solos.


En esta zona no había parqueos, tampoco fuimos en vehículo (nos recogieron y nos llevaron hasta allí) ya que, para realizar el sendero completo, debíamos comenzar por este lado y terminar en otro, a más de 10 km de distancia, en la Urbanización Torres del Salado, junto a la gasolinera Primax de Vía a la Costa.

El frío aumenta en esta época del año, sobre todo en el cerro, por eso cargábamos los abrigos puestos. A los pocos pasos, apareció la ESPOL sobre el lado izquierdo, nos hallábamos a la altura de la FIEC (Facultad de Ingeniería en Electricidad y Computación). Vimos un trecho que se conectaba directamente con este sendero, desde allí entraron varios ciclistas. Debido a la pandemia, no permitían ingresar con vehículos a la institución; ir a pie, desde la entrada principal, representaba una larga caminata a través de la calzada de la universidad hasta este trecho.

Entre pequeñas cuestas avanzamos por el sendero, era amplio y estaba marcado, podía caber hasta un carro. La vegetación estaba seca, pero se percibían árboles con algunas hojas amarillas. Podíamos ver los cerros a nuestro alrededor, y aunque se posaron las nubes en el cielo, logramos contemplar el sol mientras ascendía con lentitud. La luna también formó parte del espectáculo, todavía no quería ocultarse del todo a esa hora de la mañana.

En menos de cuarenta minutos, conseguimos apreciar un paisaje urbano desde una altura considerable. Luego fueron apareciendo árboles más grandes por el camino, y en medio de toda la naturaleza, escuchamos sonidos de aves y de otras especies que desconocíamos. Estábamos sorprendidos, apenas nos habíamos adentrado pocos kilómetros y el panorama había cambiado por completo; el ajetreo de la ciudad había quedado atrás.

Los descensos no eran complicados, no había peligro en resbalar, sin embargo, sugerimos cargar zapatos de trekking para este tipo de aventuras (más adelante les contaremos porqué). En menos de una hora y media, ya con el camino llano, llegamos a una intersección; si tomábamos el lado izquierdo, entraríamos a la urbanización Torres del Salado desde la parte trasera, en Vía a la Costa, y si girábamos hacia la derecha, subiríamos al cerro Azul, justamente en el punto conocido como el trillo 507.



Como aún era temprano, decidimos subir al cerro, estábamos ligeramente cansados pero con energía suficiente para cumplir nuestro objetivo: alcanzar las antenas de telefonía móvil que se hallan en la cima. La ruta era amplia, en un momento tuvimos que movernos hacia los costados porque subía un carro (venía pitando), así como algunos grupos de ciclistas.

Al inicio el camino se notaba blanco y polvoriento debido a las canteras del sector, pero con subir unos pocos metros, el ambiente cambiaba. Volvían las hojas secas de color café a posarse sobre el piso, y los árboles a su tono natural.

Más adelante pasamos junto al Bosque Protector Cerro Blanco, seguíamos viendo las montañas alrededor, algunas tapadas por las nubes, y aunque el cielo permanecía nublado, era mejor tener la gorra puesta. La maleza y plantas bordeaban la mayor parte del sendero, sin embargo, descubrimos espacios despejados que hacían de miradores. Contemplamos otra cara de la ciudad de Guayaquil, la vista nos alcanzó hasta el Río Guayas.



Una de las cosas que más nos impresionó de este paseo, fue observar a los monos aulladores. Saltaban entre las copas de los árboles, algunos se detenían para vernos, lo que nos permitió fotografiarlos antes de continuar con la caminata. A pesar de ser fin de semana, sólo nos topamos con tres grupos de ciclistas y dos vehículos (se dirigían a las antenas), nosotros éramos los únicos que íbamos a pie.

Y es que el senderismo produce tranquilidad a la mente, es una actividad perfecta para desconectarse del bullicio citadino y sentir la naturaleza más de cerca. No sentimos peligro alguno al andar por este camino, era ancho e imposible de perderse. Hicimos algunas paradas para descansar, tomar agua y comer nuestro refrigerio (habíamos ido sin desayunar).

En menos de dos horas alcanzamos la cima. Un letrero indicaba que estaba prohibido el acceso a las antenas. Más adelante, a escasos pasos, nos topamos con otro puesto de antenas cercado, allí se nos presentaron dos opciones: dar media vuelta y bajar por la misma ruta, o escoger uno de los tres senderos –estrechos– que culminan en el mismo punto de la Urbanización Torres del Salado, por donde subimos al trillo 507.


El guardián de turno (en el puesto cercado) nos recomendó bajar por el primero de los tres senderos angostos. A medida que nos adentrábamos, el ambiente cambiaba notablemente, había más vegetación, árboles, parecía una escena de la Amazonía ecuatoriana. Estas rutas son utilizadas por ciclistas profesionales –al parecer también fueron creadas por ellos– que saltan por las rampas puestas en el suelo mientras descienden.

Sentíamos como si estuviésemos en la jungla, todo lo que resaltaba a nuestro alrededor, era verde. En esta parte aparecieron los mosquitos, pero gracias a nuestros abrigos ligeros de manga larga, no tuvimos ninguna picada. El camino estaba trazado, en ciertos tramos nos tocó pasar por encima de algunos troncos caídos –de gran tamaño–, nada complicado si se lo hacía con cuidado.

Al seguir bajando, tuvimos la oportunidad de ver a otro grupo de monos brincando entre los árboles, si guardábamos suficiente silencio, podíamos verlos con mayor facilidad. Estos senderos podrían considerarse, de cierta forma, extremos, quizás de nivel medio alto. Tenían algunas pendientes bastante pronunciadas, donde era necesario ayudarse con las manos para descender. Debíamos pisar firme para no resbalar, por eso la importancia de llevar un calzado adecuado.


Ya que los accidentes pueden ocurrir en cualquier circunstancia y en los lugares menos esperados. Faltaba cerca de media hora para culminar el recorrido, estábamos descendiendo tranquilamente, sin ningún problema –sólo un poco cansados–, y debido a un hueco que nadie notó (lo tapaban las hojas de un árbol), una de nuestras amigas sufrió un percance con su tobillo derecho, cayó fuertemente y al instante se le inflamó tanto que se le hizo imposible caminar.

Para ese momento, las dos mascotas también se encontraban agotadas, tuvieron que cargarlas sobre las espaldas porque se echaron al suelo y no querían avanzar. En lo que restaba del sendero, logramos ver otro panorama de la ciudad desde una altura admirable, esta vez del lado de Vía a la Costa. También oímos a los monos aullar con fuerza después de que la cantera cercana lanzara varias detonaciones.


A pesar del suceso, todos concluimos en que vivimos una gran experiencia sin alejarnos de Guayaquil. Caminamos en medio de la naturaleza y llegamos a uno de los puntos más altos de la ciudad. Al final, la aventura concluyó en un rescate por parte del Benemérito Cuerpo de Bomberos, quienes realizaron un trabajo profesional e impecable al bajar a nuestra amiga sin que sintiera ninguna molestia.

¿Que si volveríamos a subir hasta las antenas del cerro Azul? Sin duda, incluso tomaríamos cualquiera de los dos senderos que no conocimos (dicen que son más extensos), manteniendo siempre los debidos cuidados para evitar cualquier tipo de accidente; no hay que confiarse ni bajar la guardia, recuerden que la mejor época para ir es de julio a septiembre.


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